Cosas que todo hombre debería hacer antes de morir

rugby

Al menos, una vez en la vida deberías... Hay ritos de paso que no se deben ignorar, o nunca sabrás el coraje, la visión y la generosidad de que eres capaz. Si quieres saber de qué pasta estás hecho, entonces tienes que…

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    Jugar al Rugby

    Enfrentarte a hombres que te duplican en peso y musculatura tiene su ventaja, y es que el rugby es un juego diseñado para que todos (los pesados, los altos, los bajos, los lentos, los rápidos…) tengan un lugar dentro del campo de juego.

    Los aficionados a este deporte saben que es casi imposible recordar el nombre de un jugador.

    Así de compartido es el trabajo en el campo de juego, y así se confunde cada hombre con su oponente en el trabajo de equipo.

    Además, y sobre todo, el rugby conlleva una gran lección: la de beber una cerveza al término de la batalla con el hombre que te vapuleó o que vapuleaste. La esencia mínima de la caballerosidad.

    Reparar electrodomésticos

    No se trata, como creen las mujeres, de una faena que se realiza por ahorrar unos duros, sino de mancharnos con la mismísima grasa de la existencia y tocar los cables por lo que corre la savia de la vida.

    En las cantinas mexicanas es habitual que los parroquianos se reten a recibir los choques de una batería modificada.

    La hombría, sí, se mide en voltaje, en la capacidad de fundirnos con la maquina, y de vencerla. ¿Es que no aprendiste nada de 2001: Una odisea espacial?

    Desmontar un artefacto, encontrar su fallo y armarlo de nuevo, sin que sobre ninguna pieza: eso es lo que nos define como seres evolucionados.

    Y después beberse una cerveza arrullado por el ronroneo del refrigerador.

    Pilotear un Cessna

    Volar es, dicen, como caminar. Si sientes el suelo a través de las suelas, abordo de un Cessna (o del monomotor de tu preferencia) entre el aire y tú sólo hay una delgada capa de aluminio sobre un armazón que, ateniéndonos a las leyes de las física, no debería levantarse de la tierra.

    ¿Qué sabe la ciencia de las pasiones humanas?

    Todo el impulso del avión se transmite a la palanca de mando. Nunca en tu vida te sentirás más en posesión del control. La fricción del aire, la resistencia de la gravedad, la fuerza de los motores…

    Todo en tu puño. Lo más cerca que estarás, sin duda, de los pájaros y de los ángeles.

    Hay riesgos, claro: un mal viraje podría generar una resistencia cuyo tirón podría romperte el brazo, y están las fallas mecánicas, las ocas imprevistas y las bolsas de aire.

    Pero sólo Icaro sabe el verdadero sentido de la Ley de la Gravedad y de los caballos de fuerza.

    Allá, arriba, en un armazón de metal, a 400 metros de altura.

    Tocar una canción

    Los Sex Pistols dieron una gran enseñanza a los hombres del mundo a mitad de los setenta: se puede ser feo y no tener la menor idea de música, y aún así ser una estrella rockera.

    La música llegó después, pero la esencia sigue siendo la misma: hay que cantar.

    Por que, vamos a ser sinceros, aunque el momento Kumbayá sea lo detestable que es, ¿alrededor de quien se ubican las mujeres en una fiesta?

    ¿Alrededor del tío que lleva tres cervezas encima y ofrece su lustros0 y lampiño pecho o del hombre que canta una canción acompañado de su guitarra?

    Hay cosas que no cambian, y los estereotipos están en lo alto de la lista.

    Y, por otra parte, está la música.

    Filósofos y lingüistas definen a la música como el lenguaje primordial, el mejor acicate de la memoria, ese elemento que acompaña, como un telón de fondo, a la mayor parte de nuestro pasado (una canción puede traernos, de golpe, todo un instante con absoluta fidelidad).

    El que toca una canción (y no exageramos) se pone por encima de las palabras y del tiempo.

    ¿Te parece que mereces menos ese lugar que Arjona?

    Escríbete una carta

    Hacer de vez en cuando esas cosas que las chicas creen fascinante nos hace descubrir que, en efecto, se trata de ejercicios fascinantes. Uno de los que más: escribirte una carta a ti mismo en el futuro. Digamos, al ti mismo de 20 años después del hoy.

    ¿Qué tienes para decirte? Para empezar, un saludo y una felicitación por llegar tan lejos.

    Escríbete en papel corriente, que no abulte demasiado al doblarse y permanecer oculto.

    Repasa los temas habituales: los estudios, la salud, el amor… Tras dos décadas, ¿lograste lo que buscabas? Tienes vía libre para decirte lo que quieras. Eres tu mejor confidente.

    Sin embargo, hay un tema que no debes pasar por alto: aquellos que, a pesar del paso del tiempo, no debe olvidarse, eso que podríamos llamar tu esencia, las certidumbres elementales que no quieres ver alteradas con el tiempo. ¿Renunciaste o te mantuviste fiel a ti mismo?

    Una vez que te has escrito, ve a la biblioteca, busca uno de esos volúmenes del fondo reservado que sabes que pocos o nadie leen, esconde la carta entre sus páginas, y devuelve el volumen.

    Y nos vemos de aquí a 20 años.

    Ten una imagen

    Es indiscutible: los emos, los rastas, los góticos, los maqueros, los nerds…

    Todos los miembros de una tribu urbana o su equivalente profesional disfrutan de algo que tú, hombre respetuoso de su imagen y alejado de los dictados de la moda, no tienes: una identidad reconocible.

    Es decir: una imagen llena de sentido que le dice al mundo: Esto soy y no estoy dispuesto a menos.

    Desde luego, ese enunciado proferido por los uniformes de la moda alternativa ha perdido su eficacia, y es tan virulento y auténtico como el cuero sintético de las chupas del motoquero de fin de semana.

    Sin embargo, hay una verdad de Perogrullo en esto de salir de Halloween en marzo que no se puede ignorar: Cómo te ven, te tratan.

    Así que, por lo menos por un tiempo, por lo menos una vez, date el lujo de verte como te sientes, o como crees que deberías verte. 

    Si las mujeres lo hacen, y les resulta (nadie elije un vestido rojo porque sí), ¿a qué esperas?

    Se rudo, se original, se formal, pero se algo que deje una huella. Y entre más minotaria sea tu imagen, y más breve su exposición, más indeleble será su impronta, incluso en aquellos que creen conocerte.

    Bucear

    Como reyes de la creación, nos hemos ido convirtiendo evolutivamente en unos lisiados.

    Nos es imposible sobrevivir en cualquier medio natural donde sea necesario proveerse a uno mismo de la comida, el agua y el refugio. Ya no digamos en lugares donde no hay banda ancha.

    El submarinismo es una oportunidad para extender nuestra presencia y probar nuestra capacidad de adaptación: bajo el agua las reglas son otras, y nos vemos obligados a mover y ejercitar músculos que no sabíamos que existían.

    Respirar bajo el agua, por primera vez, es un momento duro, de tortura física: cada bocanada de aire que se toma sabe mal, es escasa e impulsa a la mente a un estado de ansiedad.

    Hay quien dice que es la misma sensación que sentimos al nacer. Y tal vez se trata de la misma que sentiremos al morir.

    La diferencia es que, con tanques, podemos ir más profundamente.

    Ver pelis malas

    Pero no una vez, sino varias, de manera que cuando las veas nuevamente, por accidente, puedas recitar al mismo tiempo, línea por línea, y palabra por palabra cada uno de sus parlamentos.

    ¿Qué placer hay en tan insano ejercicio? No es algo que se pueda definir en palabras, pero de que uno se divierte no hay la menor duda. Si no véase ese rito que durante años se ha celebrado en cines neoyorkinos donde una horda de fanáticos disfrazados como los sadomasoquistas personajes ven y recitan a los gritos los diálogos de The Rocky Picture Horror Show.

    Y está, claro, la sabiduría que nos legan esas palabras. La filosofía de los peores guionistas del mundo convertidas en perlas de conocimiento deslumbrante:

    • Eres un enviado del cielo, un salvador.
    • No: soy un cartero.
    • Kevin Costner en El cartero (1997).

    El omelet perfecto

    Como se puntualizó en una cinta española cuyo nombre hemos olvidado: “la cocina es la única parcela del poder doméstico que el hombre no ha cedido a la mujer”, y si nos atenemos a esta fantasía, la creación de platillos perfectos es algo que todo hombre debería dejar como legado de su paso por este mundo.

    Y el omelete es un deber en todo menú.

    Se trata de la exhibición del justo dominio de todas las cualidades culinarias, y particularmente de la más importante de todas: sacar el máximo provecho de lo que hay en la nevera y de dos huevos.

    Y es que el omelete es como el amor: invierte en el tus despojos, y siempre obtendrás más que la mera suma de sus partes.

    Lo hagas con cebolla, queso, pimientos, carne, latas de conservas… el resultado final depende de esa mariconería esencial llamada toque personal, y que en la cocina lo es todo.

    Los secretos para preparar el omelte perfecto sobran: usar mantequilla en lugar de aceite, o agua caliente en lugar de mantequilla; un poco de leche con los huevos batidos o sobre los huevos a media cocción…

    Hay tantos secretos como cocineros, y preparar uno te permitirá añadir el tuyo a ese legado masculino.

    Beber mezcal

    El mezcal es el aguardiente que he heredado todo ese hálito de autenticidad etílica perdida por el tequila (convertido ahora en otro aperitivo para sibaritas con ganas de exotismo controlado).

    Fuerte, oloroso, ambarino…

    El mezcal es la bebida que te hará sentir que ya es tarde en donde estás, pero muy temprano en los sitios a los que estás por llegar.

    Si embargo, el mezcal no se puede llamar mezcal si no bebe en México.

    Allá lo venden en vasijas de barro negro o en botellas recicladas. En uno u otro caso, hay que exigir el gusano.

    Una criatura reseca que se condimenta con chile y limón, y que se gana quien bebe el último trago de la botella. Premio al hombre que no teme beber lo que viene de las entrañas de la Tierra misma. Sabe a jamón.

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